De Biólogos y demás Demonios

La Biología como ciencia se originó probablemente cuando el hombre primitivo miró un Mamut y pensó “¿Qué es eso y será que se come?, vamos a matarlo a ver qué pasa”. Diez mil años después la historia es similar “Uy, ¿Y esa rana que será?, vamos a meterla en alcohol a ver qué pasa

En el entretanto las cosas se fueron desdoblando, esclareciendo, definiendo y estableciendo. Por un tiempo fueron los filósofos los que le daban nombres a las cosas y en el proceso avanzaron también la medicina. Esas personas tenían mucho tiempo en sus manos. Ya para el siglo XVII existía una buena determinación de la biología como tal, si bien aún el término no se había acuñado. Por un lado estaban los médicos que se dedicaban a la fisiología y cuando no estaban envasando tripas en formalina, estaban envasando ranas despachurradas en formalina. Es notable la relación e intimidad de las ciencias biológicas con este aldehído.

Pues, como mencioné, la biología pre-moderna era practicada por médicos (véase los doctores en medicina) y los que no estaban revisando los cuatro humores estaban preguntándose porque de la ropa sucia salían los ratoncitos por generación espontánea. En este proceso y en tanta quemazón neuronal, las ciencias biológicas se fueron afianzando y así determinando las dos ramas fundamentales iniciales de esta controvertida ciencia y son la fisiología y la historia natural.

Si bien en estos días aun eran practicadas en su mayoría por médicos, con las grandes exploraciones del siglo XVIII y XIX surgen algunos personajes que llevaron la biología a otros niveles de grandiosidad. Es aquí donde nace o se acuña el concepto del “Aventurero-naturalista” o a secas naturalista. Los cuales muchas veces eran médicos que estaban aburridos de poner sanguijuelas y buscaron derroteros con mayor oportunidad de envasar y despanzurrar animales.

Entre estos naturalistas tenemos entonces a una serie de personas consideradas como pilares de la biología, personajes como Lamarck y sus jirafas, Mendel y sus frijolitos (aunque este era monje no médico), Darwin  con sus pájaros pico-torcidos, Wallace con su línea y la conexión mental con Darwin, Humboldt y sus paseos por el mar. Y así una tonelada de científicos, aventureros, naturalistas, médicos y alguno que otro “cura despistado” para citar a Mecano. Todos ellos aportaron su grano de arena o a veces su apropiado metro cúbico para la volqueta de la ciencia… como es el caso de Linneo que en su afán de darle nombre a cada cosa que repta, vuela, camina o produce oxígeno le dio clasificación científica al Kraken… si ese mero, el de las películas aquellas. Resulta que es un cefalópodo llamado Microcosmus marinus.

Y considerando que en la ciencia todo se puede lograr, quiero dejar claro que el Sisimite Hondureño lo clasificaré como Antipodas hondurensis por aquello de que no se sabe si va o viene por lo de las patas atravesadas. Ahora ya lo saben, una vez lo vi en la tigra allá por el 2006.

Volviendo al tema, años antes en el mil setecientos y la calavera se acuñó el término Biología por un señor Hanow, otros dicen que fue Burdach años después y algunos que fue Treviranus entre esos dos. La cosa es que se acuñó el nombre de una ciencia que tendría unos miles de años de existir de una u otra forma. Y considerando que es una ciencia tan bonita llena de colores, bichos y oportunidades para andar en el monte, es donde se gestan los conflictos emocionales y profesionales en base a que es un biólogo y que no es.

Es bien sabido que en Honduras solo los abogados pueden hacer cosas de abogados, es decir que don Pedro de la trucha de la esquina no puede representarme ante un juzgado, llenar una auténtica o presentar un papel formal ante una instancia de gobierno. La profesión de la jurisprudencia es inviolable sopena los fuegos del averno para quien ose transgredirlas.

De la misma forma, es sabido que solo los médicos pueden practicar la medicina (y aparentemente la biología por tradición escolástica). Es decir que doña Alicia de la tienda de achines no puede recetarme un medicamento para la presión, remover un apéndice o llenar una de esas hojas de incapacidad de tres días que son tan útiles para evitar trabajar.

Y sin olvidar a la construcción, es sabido que los edificios solo puede diseñarlos un ingeniero o un arquitecto, porque al final y todos los sabemos, quien construye es el albañil bajo la dirección del maestro de obras y el Ingeniero se dedica a verse muy apuesto bajo alguna sombra. No es que esto sea malo, pero es lo que es. Cuando el edificio se cae o se raja, la culpa no la tiene el media cuchara o el peón. La culpa es del ingeniero.

Entonces, si cada profesión tiene su nicho, su espacio en el tiempo y su orgullo profesional, no entiendo por qué en la biología estos conceptos se vuelven irrelevantes y las líneas que dividen estas diferencias se hacen invisibles y hasta confusas al punto de no saber diferenciar un biólogo de una guía de campo.

Muchas veces he pensado que quizás ser biólogo es tan fácil que todos pueden serlo, al final solo es poder pronunciar cosas en latín y saber diferenciar de forma contundente entre un murciélago y un zanate, por que vea: ambos vuelan, son negros y tienen sangre “caliente”. Tomando en cuenta que el origen de la biología es irregular y carismático, todos quisieran ser biólogos por que suena bien sexy. –Es usted Biólogo?-.  –Así es, Biólogo marino-. Biólogo de campo en mi caso, en el agua hacen el amor los peces y eyaculan los corales. Me no like eso.

Otras veces he pensado que quizás la complejidad del asunto gesta en el seno de  las ciencias naturales como tal. En esos inicios (véase los médicos) y al no existir suficientes universidades disponibles en donde recurrir al conocimiento, cada persona con la oportunidad de recorrer el mundo y envasar la vida silvestre tenía buenas posibilidades de descubrir cosas y en consecuencia convertirse en un destacado naturalista, aventurero o médico  porque si la contribución a la ciencia era lo suficientemente buena, galán que le daban el cartón. Es así que se inician los primeros gremios profesionales de biólogos adscritos a las Academias de Ciencia de cada país.

Y haciendo ciclo en lo expresado previamente, se define el concepto de naturalista, los cuales son científicos dedicados al estudio de la vida silvestre. Y por qué no decirlo son muy buenos en su profesión, pero aprecie el lector que un naturalista no es un biólogo, no por falta de mérito, capacidad, raciocinio, conocimiento o facultades, sino por el sencillo hecho que no está avalado por una institución. Es decir, conozco muchas personas duchas en legislación (comparables en capacidad con el orgullo de Olanchito, diputado, rector de mi Alma Mater y gestor de cervezas heladas) pero que al no haberse recibido de licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales casi que no pueden comprar una auténtica donde Chinda Diaz.

Al mismo tiempo, en son de justicia social y lavamiento Pilático de manos, conozco muchos biólogos profesionales que no pueden diferenciar entre una piedra de río y una anguila, por que vea, ambos viven en el agua y están mojados. Es decir, no contaría con ellos para una investigación de campo, mejor me llevo a mi perra África para que al menos platique conmigo y se coma mi comida.

Parte de este conflicto entonces se origina en que la ciencia tradicional y moderna no define bien que es un biólogo ya que su definición es muy similar a la de naturalista y ambas son algo así como “persona que se dedica al estudio de la vida silvestre”.

Y es en esta ambivalencia de circunstancias donde el conflicto se origina. Ya que hay naturalistas formidables con una pericia de campo envidiable por muchos profesionales, al mismo tiempo profesionales con una capacidad de campo que no deja lugar a dudas. El conflicto es entonces una mezcla de oportunidades y trampas administrativas que afectan al cliente como al profesional.

Es decir, afectan al cliente ya que al solicitar un estudio realizado por un profesional y este es desarrollado por naturalistas, el peso del documento si bien como ciencia es indudable, un abogado con dos dedos de frente podría alegar y con todo el derecho apoyándole y en un lenguaje bien del gestor de las cervezas heladas decir

Este manuscrito a doble espacio redactado, es escueto en rigor académico, considerando que carece de la participación acertada, oportuna y colegiada de un profesional, calificado por la institución de educación superior que forma este tipo de científicos para la redacción diligente de manuscritos a doble espacio en materia de la diversidad zoológica vertebrada mayor de los bosques húmedos, perennifolios, tropicales del caribe hondureño ” (Añada usted los efectos de sonido) Es entonces cuando el cliente al ver sus intereses afectados alega inconformidad y el documento en ningún momento fue redactado por un biólogo profesional. O si lo fue, pero no un biólogo como tal. Es decir, somos lo mismo, pero no somos iguales, pero somos lo mismo. Como los chinos y los negros. Hibridizan claro, pero el producto es colocho y con ojos rasgados… A veces pegan y salen bonitos.

La confusión continúa al alegar de manera directa los naturalistas que ellos son biólogos, es decir, auto galardonándose con laureles que no han logrado. Por qué vea, esa actitud es propia de la era Victoriana. Los tiempos han cambiado y tanto naturalista como profesional debe adherirse a las reglas de la competencia. Si bien la vida nos rodea, el concepto profesional de biólogo radica en la persona que ha cursado y aprobado el pensum académico avalado de una institución superior y que a través de la burocracia logra el “cartón”. Eso es un biólogo profesional.

Ahora y es esto lo que me emburra. No entiendo por qué los naturalistas no encuentran el orgullo de llamarse “Naturalistas”, es decir yo soy Biólogo y con mucho orgullo uso mi anillo que me reconoce como tal y siempre voy a estar orgulloso de serlo, y si no fuera biólogo estaría orgulloso de ser cualquier otra cosa que fuera, porque al final eso me tocó (yo quería ser chepo, pero va, no se pudo y por eso me hice biólogo). Pero los naturalistas insisten en generar confusión.

Nuevamente, conozco muchos naturalistas diestros en su materia, verdaderos ilustres y curiosos de la vida silvestre, autores publicados, etc. Señores, definan su realidad, vean su entorno, nadie ignora sus capacidades científicas, se critica su actitud hacia definir su nicho en el ámbito de la ciencia.

Y es ahí donde los biólogos muchas veces no ayudamos ya que los que tenemos un pre-grado alegamos “solo los biólogos profesionales pueden publicar en journals”. De repente vienen los doctores en filosofía o “Phinally Done” y alegan “solo los Ph.D pueden publicar en journals”. Y saben que, y lo admito con “envidia de la buena”, en Honduras quienes mas publican son los naturalistas por que han logrado algo que los biólogos profesionales no han podido y es hacerse un nudito en su asunto y cubrir sus flancos.

Ahora bien, existe una actitud beligerante de “yo soy mejor que el biólogo” que lo único que genera es el recelo entre ambos componentes y una reducción significativa en la calidad de los estudios realizados ya que se debe recurrir a personas menos especializadas a levantar datos o desestimar por completo a los naturalistas en estudios de campo. Esta actitud surge en buena parte debido a la falta de ética en la competencia profesional. Por ejemplo, cuando un pliego de términos de referencia dice “Se necesita un Biólogo para realizar alguna cosa”, en teoría se sobre entiende que es un biólogo profesional y nadie más debería molestarse en aplicar. Pues no es así, en el proceso aplican Agrónomos, Ingenieros Ambientales, Licenciados en Letras, Trabajadores Sociales, Ingenieros Forestales y Naturalistas.  Y al final al momento de la lista corta todo se deduce a conceptos fundamentales de la burocracia: cuanto cobras, quien es tu padrino político, cuanto me vas a tirar “bajo bajo” si te doy la consultoría.

El otro día veía un abogado haciendo un proyecto de recursos naturales, lo cual fue chistoso, pero bueno, a cada quien lo suyo quizás y a cada quien según su capacidades como decía aquel ñangaroso barbudo. Desafortunadamente, los biólogos no nos hemos dado la oportunidad de apreciar nuestra profesión más allá del interior de nuestra conciencia, es por eso que tenemos un colegio debilitado y una tendencia generalizada a que si hay más de 3 biólogos reunidos en su nombre habrá vergueo, a menos que estén bebiendo, al igual que con la formalina y la biología, existe una relación intrínseca entre el biólogo y el alcohol… sin desestimar que el formaldehído es producto de la oxidación del alcohol metílico si “mal no me equivoco”.

Mientras los profesionales no tomemos un orgullo por la profesión de la biología y los naturalistas no tomen por esfuerzo acuñar con prestigio su definición de “Naturalistas” la competencia desleal y la corrupción administrativa seguirá siendo un hecho. Y este problema abarca generalmente al plano de la zoología, ya que raro es encontrar naturalistas de la biología molecular, genética, histología… de hecho ¡Es difícil hallar gente que les guste esas vainas! A mí me gustan aclaro, pero no tanto. Los procesos enzimáticos me erizan la piel y engrosan las pupilas.

Admito que en mi ámbito profesional dentro de la biología que son las aves, he tenido que luchar a través del tiempo con una tendalada de “expertos” en el tema de ornitología, debo admitir que algunos son duchos en la materia. Pero siempre me ha molestado que digan “soy biólogo” cuando lo más cercano que han estado a ser biólogos es llevando biología en el colegio. Admito además que en su momento tuvo que venir un PhD. a civilizarme a mi vil pre-grado por andar por la vida diciendo que era Ornitólogo. Pues me cayó la idea y ahora soy nuevamente biólogo, porque eso es lo que soy y con mucho orgullo. Si fuera naturalista me llamaría naturalista porque eso es lo que sería. Si fuera chepo seguro sería corrupto pero esa es otra historia.

Existe una oportunidad para trabajar lado a lado biólogos y naturalistas, cosa que se ha dado muchas veces, pero la preponderancia de la ciencia y el ego científico destruye esta tendencia ya que muchas veces he escuchado de naturalistas “los profesores de la Universidad no sirven y yo podría dar mejor esa clase”, a mí me sirvieron muy bien, al punto que agradezco sus enseñanzas, no solo por tomarse el tiempo sino por compartir lo que saben. Mucho me molestaría sin embargo que a nivel universitario me diera clases alguien que no fuese universitario. Todo tiene su relación en estas cosas. Además, con el conocimiento adquirido que tienen los naturalistas en el ámbito de la vida, cursar las cuarenta y tantas clases de la escuela de biología, debería ser bastante fácil.

Al mismo he escuchado de biólogos decir “Y ese que va saber sino terminó la U”. Pues esa es precisamente la cosa, si un naturalista logra más capacidad que un profesional, significa que el sistema está fallando o que se yo. Nuevamente doy la idea, se puede trabajar de la mano. Honduras es Honduras y siempre la mandrakada va prevalecer, pero si nos metimos a la biología profesional o naturalizada es por hacer una diferencia en la gestión de los recursos naturales (si se metió por pisto, deje de leer). Es decir, mucha tristeza me da ver estudios de impacto ambiental con poco peso de profesionales colegiados. Si, los datos son buenos, son reales y certeros… ¿pero que con esos datos? Nuevamente, quien los avala. Por muy crudo y “virgo” que sea un biólogo profesional, al tener su cartón y estar colegiado, se convierte en autoridad y su opinión será ley. ¿Por qué? Porque ese es el concepto de ser un profesional de las ciencias naturales. Es ser un garante de la sostenibilidad, es dar esa confianza inspirada en que existe una institución detrás que avala que lo que se está escribiendo, presentando y defendiendo tiene un peso, rigor y valor.

El naturalista si bien puede hacer esto, perfectamente, pero recuerde que regresa el abogado y emboba todo y empapela al punto que sale más sencillo repetir el estudio. Biólogos y naturalistas van de la mano, porque al final es lo más cercano que tenemos a colegas. Admito que no me agrada trabajar con otros biólogos (son bien misteriosos y huelen raro), me agrada trabajar con naturalistas pues comparten más su ciencia y no son tan bolos, si bien son menos misteriosos siempre huelen raro.

Ya para cerrar, exhorto a los biólogos profesionales que se enorgullezcan de su estatus y cada paso profesional que den lo hagan con el afán de velar por la vida, respetando el criterio de todos y no dejando que la corrupción envilezca nuestra práctica profesional. Estudien, produzcan, hagan avanzar la ciencia, no se acomoden en su nicho, aprendan algo nuevo cada tiempo. Desacomódense de donde estén en sus trabajos de 9 a 5 pagaderos cada 15 días, en la burocracia o empresa privada no vamos a levantar la profesión. Busquen el Colegio, levantemos la imagen de la profesión. Así como cuando caminamos como “grandes vergas” por el CB por que habíamos  aprobado Zoología de Vertebrados, siéntanse orgullosos de ser biólogos.

A los naturalistas, si quieren llamarse biólogos, terminen la escuela de biología y si no ven el tiempo o las ganas, encuentren dentro de su ser el redefinir su estatus a su criterio como científicos de campo o Naturalistas. Al llamarse naturalistas están cargando con el legado de los padres de la historia natural, al ser naturalistas se convierten en la reencarnación de los ancestros y quien sabe, quizás encuentran a mi Antipodas hondurensis. Cada actividad que hagan, busquen datos nuevos, técnicas diferentes y nunca dejen de publicar pues en sus escritos está la médula de la producción científica nacional. No compliquen las cosas haciéndose llamar biólogos, a pesar de que su conocimiento es similar y quizás mayor.

Y pues eso, sugiero me hagan caso. Sino pues, allá cada quien. Digo.

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